LAS
CONSIDERACIONES DE UN PROFESOR
Luis LANDERO
La
verdad es que yo nunca me he parado a pensar en serio en la pedagogía
de la literatura. Lo he intentado ahora y la cosa es que no se me ocurre
nada, fuera de algunos tópicos que no merece la pena reiterar.
Como soy profesor de Literatura desde hace ya bastantes años,
supongo que habré de tener por fuerza algunas experiencias pedagógicas,
pero ocurre que no las tengo ordenadas didácticamente ni listas
para ser expuestas. Más que profesor, yo soy acaso un lector
experimentado, y como además soy escritor aprovecho también
esa circunstancia para hablar desde esa perspectiva.
Mis clases son muy sencillas: leemos
y comentamos lo que leemos. En casa, los alumnos leen libros amenos
y más o menos fáciles (jamás se me ocurriría
dejar a solar una tarde de domingo a un adolescente con La Celestina,
por ejemplo); en clase, abordamos lecturas más arduas (por ejemplo,
La Celestina). Como a mí me apasiona la literatura y considero
que leer es uno de los mejores placeres que existe, por eso intento,
ante todo, que mis clases sean razonablemente placenteras y apasionadas.
Para ello cuento, claro está, con la complicidad de los autores,
que ellos son los que, en definitiva, enseñan de verdad literatura.
O mejor dicho: educan la sensibilidad. Porque, antes que enseñar
literatura, hay que educar la sensibilidad. Y la sensibilidad no se
enseña: más bien se contagia. En gran parte, la literatura
es una aventura personal, una revelación intransferible. Es un
poco como el amor o como un dolor de muelas, que no se pueden explicar.
O te enamoras o te duele la muera; quien lo probó lo sabe.
Un profesor puede incitar a emprender
esa aventura personal, señalar rumbos, abrir puertas, contagiar
el entusiasmo –lo cual ya es mucho-, pero no se puede enseñar
literatura en un sentido estricto salvo a quienes previamente estén
poseídos ya por el demonio de la literatura. Por eso, me parece
una barbaridad pedagógica anteponer la enseñanza de la
literatura a la formación y afinamiento de la sensibilidad artística,
o de la educación estética. Es se llama empezar la casa
por el tejado. Eso es algo así como regalarle un juguete de cuerda
a un niño no para que juegue, sino para que estudie la maquinaria
que lo anima. De ese modo, se destruye el encanto y la espontaneidad,
se convierte al niño en un adulto prematuro, se le pervierte
estéticamente. Y lo mismo ocurre con el lenguaje: antes que aprovechar
la pasión y la inventiva lingüísticas que hay en
todo niño para fortalecer así su competencia idiomática,
se le enseña sintaxis arbórea. Hay cierta pedagogía
insana, y un punto bellaca, que es cómplice del mal gusto que
se señorea hoy en nuestra sociedad.
Existe en el hombre, desde su niñez,
un saber espontáneo y difuso sobre el que quizá habría
que construir, como una prolongación lógica y armoniosa,
el edificio canónico del conocimiento. La literatura, por ejemplo,
hasta la más discursiva e intelectual, siempre nos cuenta alguna
historia. Pues bien, ocurre que el arte narrativo es acaso el más
viejo y popular del mundo. Al fin y al cabo nos pasamos la vida contando
historias: es decir, contando lo que nos pasó ayer, lo que esperamos
hacer mañana, lo que hemos pensado, imaginado o soñado,
contando lo que alguien nos conteo o recordando, que es también
una forma de narración. Todos somos Simbad, ese mercader que
vive pacíficamente en Bagdad y que un día se embarca para
ir a negociar a lejanas tierras, sufre un naufragio y corre aventuras
magníficas. Y esto le sucedió siete veces. Luego, con
los años, regresa definitivamente a Bagdad, retoma su vida ociosa
y se dedica a contar sus andanzas a un breve auditorio de amigos. Pues
eso es lo que más o menos hacemos todos cada día. Simbad
es Proust, pero también es esa señora que vuelve del mercado
y les cuenta a las vecinas lo que le acaba de ocurrir en la frutería.
No sé por qué, pero
nos produce placer narrar, recrear con palabras lo que hemos vivido.
Recrear: es decir, que nunca contamos fielmente los hechos, sino que
siempre inventamos o modificamos algo: a la experiencia real le añadimos
la imaginaria, y eso es sobre todo lo que nos produce placer. De ese
modo, vivimos dos veces el mismo hecho: cuando lo vivimos y cuando lo
contamos. A menudo pasa que, en la realidad, hemos representado papeles
secundarios en un suceso; al contarlo, sin embargo, nos reservamos el
papel de protagonistas. La realidad nos pone en nuestro sitio; luego,
nosotros, por medio de la narración, ponemos a la realidad en
el suyo. El mendigo deviene príncipe, la realidad se rinde ante
el deseo, la vida se confunde por un instante con el sueño. Somos
narradores por instinto de libertad, porque nos repugna la servidumbre
de la propia condición humana en un mundo donde no suele haber
sitio para nuestros afanes de verdad, de salvación y de plenitud.
Así que todos somos más
o menos sabios en el arte de narrar antes de que los profesores nos
enseñen las técnicas narrativas o las figuras retóricas,
del mismo modo que, desde la infancia, manejamos feliz y espontáneamente
la gramática hasta que luego vienen los gramáticos a intentar
demostrarnos que, hasta su advenimiento, hemos vivido en la más
absoluta ignorancia gramatical. Eso recuerda a aquel personaje de Molière
que nos enteró de que hablaba en prosa hasta que llegó
a comunicárselo su preceptor. Y esa cosa, la gramática
o el arte narrativo, lo sabemos porque lo sabemos, sólo que no
somos conscientes de ello, y en eso consistía el método
didáctico de Sócrates: en despertar en el interlocutor
la conciencia de ese saber difuso. Como un negativo que se va resolviendo
en los líquidos del revelado, así debería ser también,
creo yo, el aprendizaje de la lengua y de la literatura. Aprender es
recordar, ya lo dijo el filósofo.
Les contaré un chascarrillo
ilustrador. Un día, un grupo de alumnos de Bachillerato me contó
en clase las experiencias de su viaje de fin de curso. Allí había
simultaneidad (hablaban varios a la vez, mezclando distintas secuencias
del relato); daban versiones alternadas del mismo hecho según
el punto de vista de cada cual; combinación de la primer, la
segunda y la tercera personas; unos contaban retrospectivamente y otros
linealmente; daban saltos en el tiempo (uno anunciaba el final y otro
decía: “Sí, sí, pero espera, que antes hay
que contar lo que pasó en el autobús”); se interrumpían
unos a otros fragmentando el relato; utilizaban distintos registros:
patético, irónico, notarial, burlesco; barrocos unos,
clásicos otros y otros románticos y otros impresionistas;
hacían cambios bruscos de perspectiva; incurrían en digresiones;
a unos les gustaba narrar y a otros describir y a otros especular…
Yo le juro que ellos no habían leído el Ulises, de Joyce;
ni La montaña mágica, de Thomas Mann, ni a Proust ni a
Musil. Así que yo me prometí a mí mismo que, cuando
tuviese que explicarles algo de teoría literaria, haría
como Sócrates: despertarlos a la consciencia de un saber que
ellos ya sabían, pero que no sabían que lo sabían.
Y algo semejante ocurre, por poner
otro ejemplo, con el tiempo narrativo. El tiempo de los libros, el tiempo
escrito, se parece mucho al del recuerdo. “El diablo de la botella”,
de Stevenson, es un relato que ocupa unos dos años y medio: treinta
meses. De ellos, casi todos están despachado convencionalmente,
y la verdadera acción ocupa unas cuantas horas de unos cuantos
días, dispersos en esos treinta meses.
En la vida diaria y objetiva, sin
embargo, no podemos omitir el tiempo anodino: lo tenemos que vivir todo,
minuto a minuto. La vida, con su tiempo lento y a menudo vulgar, se
nos antoja a veces una suma de peripecias irrelevantes. Pero si uno
mira el pasado entonces advierte una trama de episodios significativos.
La vida, de pronto, tiene un argumento, y se patrece muhco a una novela:
el tiempo gris ha desaparecido, o hace las veces de un hilo que uniese
las perlas de nuestras mejores o más intensas experiencias. La
vida, en el presente, es como un tapiz visto muy de cerca: no vemos
sino las minucias, las insignificancias del entramado; cuando nos alejamos,
distinguimos nítidamente sus figuras.
Así que la memoria selecciona
y poetiza el pasado, y convierte nuestra vida en una obra de arte. Cuando
recordamos, la memoria nos está ofreciendo una lección
magistral y práctica de teoría literaria, de manejo del
tiempo imaginario.
Voy a ilustrar con un breve ejemplo
cómo la memoria poetiza el pasado, Gracias a los rotos del olvido,
en la memoria se reúnen sensaciones que jamás existieron
juntas, sino en tiempos diferentes. Eso se llama sinestesias: verde
viento, dulce melodía. Es decir, sensaciones inencontrables en
la realidad, el recuerdo está ya contaminado por algún
detalle de la primera evocación. Si yo rescato hoy un color azul
de hace tres años y en ese instante oigo la risa de un niño,
quizá cuando quiera recordar el color años después
recordaré también la risa, y llegará el momento
en que no se conciba el uno sin la otra, y entonces habrá de
decir. “azul risueño”, y juraré que es una
expresión tan oportuna como real.
En la memoria se quiebra la linealidad
del tiempo, y sus pedazos se mezclan como si los barajásemos.
Antes que en la literatura, la sinestesia existía ya en la vida:
es una consecuencia del naufragio del tiempo en la memoria. La sinestesia
es una experiencia existencial. Entre “azul” y “risueño”
hay una elisión de varios años. Por eso el presente no
es poético, por eso Funes el memoriosos no podría haber
incurrido en sinestesia, porque el olvido y, por tanto la invención
poética, le estaba vedado.
Con todo esto podría, quizá,
pensarse que la pedagogía puede llegar a ser el asunto más
sencillo del mundo cuando se conectan los contenidos con las experiencias
de la vida, y cuando hay pasión, amor y sentido común.
Y así debía de ser, Sin embargo, todos sabemos que el
diablos dispone las cosas de otro modo. Yo soy lector, escritor y profesor,
por ese orden.
El lector que yo soy piensa a veces
que la experiencia estética tiene mucho de revelación
personal, y que en esa media es intransferible y casi incomunicable.
Y pone aquel ejemplo que aducía Tolstoi de un ciego al que intentaban
explicarle cómo era el color blanco. Es como la leche, le decía.
Entonces, ¿se vierte?, preguntaba el ciego. Bueno, digamos que
es como el papel. Luego entonces, ¿cruje? No, digamos que es
como la nieve. Entonces, ¿es frío?, inquiría el
pobre ciego. No había modo de transmitir aquella experiencia
elemental. El profesor que uno es, sin embargo, es menos tajante y piensa
que, a pesar de todo, algo se puede hacer:: si no enseñar literatura,
sí poner a los alumnos en disposición de dejarse seducir
por ella. Los dos, con los años, han ido sucumbiendo a la paradoja
de que la literatura se aprende, pero no se enseña.
Pero luego viene la realidad con
sus rebajas. Miren ustedes: un alumno medio de 3º de BUP o de COU
lee silabeando y a trompicones, tiene dificultades casi insalvables
para entender el editorial de un periódico, escribe con oraciones
simples donde apenas aparecen otros verbos que “ser” y “estar”,
su bagaje léxico es exiguo, quiere explicar algo y no le alcanzan
las palabras. Pero, eso sí, cuando salga a la calle, o cuando
llegue a su casa, los hechiceros de la cultura de masas, en complicidad
con la mayoría de los ciudadanos, le tendrán preparado
el desquite por medio de algún espectáculo con el que
hace tiempo que no consigue conectar la cultura escolar. Lo que la escuela
enseña, el mal gusto social lo niega y escarnece. De ser el gran
consejero áulico, la vieja y noble cultura humanística,
y también la literatura, ha pasado a desempeñar funciones
de bufón, y a competir desventajosamente con los otros bufones
que ha aportado las más ínfima cultura de masas. Como
mucho, le queda aún el pálido resplandor de lo que un
día fue: es un bufón cuyos chistes plantean todavía
enigmas, y cuyo fulgor estético y moral puede llegar a provocar
la alta emoción, y la alta amenidad, del arte y del conocimiento.
Pero el hombre común de hoy está cansado de enigmas, y
en cuanto a la emoción y amenidad estéticas, los otros
bufones las proporcionan más baratas, cómodas y bonitas.
Y, sin embargo, pocas cosas hay
tan necesarias hoy como enseñar historia, filosofía o
literatura. Porque si ellas no consiguen civilizar a este mono que parece
no acostumbrarse a vivir sin el rabo, no sé qué otra cosa
podría salvarlo. Particularmente, espero que no sean ni los dioses
ni los caudillos.
* Extraído de Invitación a la lectura (1985-1995)
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