Última actualización 21 Octubre, 2008
Gobierno de Aragón
Con la colaboración de: CAJA INMACULADA
Reflexiones de profesores sobre la lectura

"Las consideraciones de un profesor"

  Luis LANDERO
"Veinte años de invitación a la lectura"
  Ramón Acín
"Aprender y gozar con la lectura"
  Cándido Marquesán
"Cómo hacer que se lea"
  Víctor Moreno

 

LAS CONSIDERACIONES DE UN PROFESOR
Luis LANDERO

      La verdad es que yo nunca me he parado a pensar en serio en la pedagogía de la literatura. Lo he intentado ahora y la cosa es que no se me ocurre nada, fuera de algunos tópicos que no merece la pena reiterar. Como soy profesor de Literatura desde hace ya bastantes años, supongo que habré de tener por fuerza algunas experiencias pedagógicas, pero ocurre que no las tengo ordenadas didácticamente ni listas para ser expuestas. Más que profesor, yo soy acaso un lector experimentado, y como además soy escritor aprovecho también esa circunstancia para hablar desde esa perspectiva.
      Mis clases son muy sencillas: leemos y comentamos lo que leemos. En casa, los alumnos leen libros amenos y más o menos fáciles (jamás se me ocurriría dejar a solar una tarde de domingo a un adolescente con La Celestina, por ejemplo); en clase, abordamos lecturas más arduas (por ejemplo, La Celestina). Como a mí me apasiona la literatura y considero que leer es uno de los mejores placeres que existe, por eso intento, ante todo, que mis clases sean razonablemente placenteras y apasionadas. Para ello cuento, claro está, con la complicidad de los autores, que ellos son los que, en definitiva, enseñan de verdad literatura. O mejor dicho: educan la sensibilidad. Porque, antes que enseñar literatura, hay que educar la sensibilidad. Y la sensibilidad no se enseña: más bien se contagia. En gran parte, la literatura es una aventura personal, una revelación intransferible. Es un poco como el amor o como un dolor de muelas, que no se pueden explicar. O te enamoras o te duele la muera; quien lo probó lo sabe.
      Un profesor puede incitar a emprender esa aventura personal, señalar rumbos, abrir puertas, contagiar el entusiasmo –lo cual ya es mucho-, pero no se puede enseñar literatura en un sentido estricto salvo a quienes previamente estén poseídos ya por el demonio de la literatura. Por eso, me parece una barbaridad pedagógica anteponer la enseñanza de la literatura a la formación y afinamiento de la sensibilidad artística, o de la educación estética. Es se llama empezar la casa por el tejado. Eso es algo así como regalarle un juguete de cuerda a un niño no para que juegue, sino para que estudie la maquinaria que lo anima. De ese modo, se destruye el encanto y la espontaneidad, se convierte al niño en un adulto prematuro, se le pervierte estéticamente. Y lo mismo ocurre con el lenguaje: antes que aprovechar la pasión y la inventiva lingüísticas que hay en todo niño para fortalecer así su competencia idiomática, se le enseña sintaxis arbórea. Hay cierta pedagogía insana, y un punto bellaca, que es cómplice del mal gusto que se señorea hoy en nuestra sociedad.
      Existe en el hombre, desde su niñez, un saber espontáneo y difuso sobre el que quizá habría que construir, como una prolongación lógica y armoniosa, el edificio canónico del conocimiento. La literatura, por ejemplo, hasta la más discursiva e intelectual, siempre nos cuenta alguna historia. Pues bien, ocurre que el arte narrativo es acaso el más viejo y popular del mundo. Al fin y al cabo nos pasamos la vida contando historias: es decir, contando lo que nos pasó ayer, lo que esperamos hacer mañana, lo que hemos pensado, imaginado o soñado, contando lo que alguien nos conteo o recordando, que es también una forma de narración. Todos somos Simbad, ese mercader que vive pacíficamente en Bagdad y que un día se embarca para ir a negociar a lejanas tierras, sufre un naufragio y corre aventuras magníficas. Y esto le sucedió siete veces. Luego, con los años, regresa definitivamente a Bagdad, retoma su vida ociosa y se dedica a contar sus andanzas a un breve auditorio de amigos. Pues eso es lo que más o menos hacemos todos cada día. Simbad es Proust, pero también es esa señora que vuelve del mercado y les cuenta a las vecinas lo que le acaba de ocurrir en la frutería.
      No sé por qué, pero nos produce placer narrar, recrear con palabras lo que hemos vivido. Recrear: es decir, que nunca contamos fielmente los hechos, sino que siempre inventamos o modificamos algo: a la experiencia real le añadimos la imaginaria, y eso es sobre todo lo que nos produce placer. De ese modo, vivimos dos veces el mismo hecho: cuando lo vivimos y cuando lo contamos. A menudo pasa que, en la realidad, hemos representado papeles secundarios en un suceso; al contarlo, sin embargo, nos reservamos el papel de protagonistas. La realidad nos pone en nuestro sitio; luego, nosotros, por medio de la narración, ponemos a la realidad en el suyo. El mendigo deviene príncipe, la realidad se rinde ante el deseo, la vida se confunde por un instante con el sueño. Somos narradores por instinto de libertad, porque nos repugna la servidumbre de la propia condición humana en un mundo donde no suele haber sitio para nuestros afanes de verdad, de salvación y de plenitud.
      Así que todos somos más o menos sabios en el arte de narrar antes de que los profesores nos enseñen las técnicas narrativas o las figuras retóricas, del mismo modo que, desde la infancia, manejamos feliz y espontáneamente la gramática hasta que luego vienen los gramáticos a intentar demostrarnos que, hasta su advenimiento, hemos vivido en la más absoluta ignorancia gramatical. Eso recuerda a aquel personaje de Molière que nos enteró de que hablaba en prosa hasta que llegó a comunicárselo su preceptor. Y esa cosa, la gramática o el arte narrativo, lo sabemos porque lo sabemos, sólo que no somos conscientes de ello, y en eso consistía el método didáctico de Sócrates: en despertar en el interlocutor la conciencia de ese saber difuso. Como un negativo que se va resolviendo en los líquidos del revelado, así debería ser también, creo yo, el aprendizaje de la lengua y de la literatura. Aprender es recordar, ya lo dijo el filósofo.
      Les contaré un chascarrillo ilustrador. Un día, un grupo de alumnos de Bachillerato me contó en clase las experiencias de su viaje de fin de curso. Allí había simultaneidad (hablaban varios a la vez, mezclando distintas secuencias del relato); daban versiones alternadas del mismo hecho según el punto de vista de cada cual; combinación de la primer, la segunda y la tercera personas; unos contaban retrospectivamente y otros linealmente; daban saltos en el tiempo (uno anunciaba el final y otro decía: “Sí, sí, pero espera, que antes hay que contar lo que pasó en el autobús”); se interrumpían unos a otros fragmentando el relato; utilizaban distintos registros: patético, irónico, notarial, burlesco; barrocos unos, clásicos otros y otros románticos y otros impresionistas; hacían cambios bruscos de perspectiva; incurrían en digresiones; a unos les gustaba narrar y a otros describir y a otros especular… Yo le juro que ellos no habían leído el Ulises, de Joyce; ni La montaña mágica, de Thomas Mann, ni a Proust ni a Musil. Así que yo me prometí a mí mismo que, cuando tuviese que explicarles algo de teoría literaria, haría como Sócrates: despertarlos a la consciencia de un saber que ellos ya sabían, pero que no sabían que lo sabían.
      Y algo semejante ocurre, por poner otro ejemplo, con el tiempo narrativo. El tiempo de los libros, el tiempo escrito, se parece mucho al del recuerdo. “El diablo de la botella”, de Stevenson, es un relato que ocupa unos dos años y medio: treinta meses. De ellos, casi todos están despachado convencionalmente, y la verdadera acción ocupa unas cuantas horas de unos cuantos días, dispersos en esos treinta meses.
      En la vida diaria y objetiva, sin embargo, no podemos omitir el tiempo anodino: lo tenemos que vivir todo, minuto a minuto. La vida, con su tiempo lento y a menudo vulgar, se nos antoja a veces una suma de peripecias irrelevantes. Pero si uno mira el pasado entonces advierte una trama de episodios significativos. La vida, de pronto, tiene un argumento, y se patrece muhco a una novela: el tiempo gris ha desaparecido, o hace las veces de un hilo que uniese las perlas de nuestras mejores o más intensas experiencias. La vida, en el presente, es como un tapiz visto muy de cerca: no vemos sino las minucias, las insignificancias del entramado; cuando nos alejamos, distinguimos nítidamente sus figuras.
      Así que la memoria selecciona y poetiza el pasado, y convierte nuestra vida en una obra de arte. Cuando recordamos, la memoria nos está ofreciendo una lección magistral y práctica de teoría literaria, de manejo del tiempo imaginario.
      Voy a ilustrar con un breve ejemplo cómo la memoria poetiza el pasado, Gracias a los rotos del olvido, en la memoria se reúnen sensaciones que jamás existieron juntas, sino en tiempos diferentes. Eso se llama sinestesias: verde viento, dulce melodía. Es decir, sensaciones inencontrables en la realidad, el recuerdo está ya contaminado por algún detalle de la primera evocación. Si yo rescato hoy un color azul de hace tres años y en ese instante oigo la risa de un niño, quizá cuando quiera recordar el color años después recordaré también la risa, y llegará el momento en que no se conciba el uno sin la otra, y entonces habrá de decir. “azul risueño”, y juraré que es una expresión tan oportuna como real.
      En la memoria se quiebra la linealidad del tiempo, y sus pedazos se mezclan como si los barajásemos. Antes que en la literatura, la sinestesia existía ya en la vida: es una consecuencia del naufragio del tiempo en la memoria. La sinestesia es una experiencia existencial. Entre “azul” y “risueño” hay una elisión de varios años. Por eso el presente no es poético, por eso Funes el memoriosos no podría haber incurrido en sinestesia, porque el olvido y, por tanto la invención poética, le estaba vedado.
      Con todo esto podría, quizá, pensarse que la pedagogía puede llegar a ser el asunto más sencillo del mundo cuando se conectan los contenidos con las experiencias de la vida, y cuando hay pasión, amor y sentido común. Y así debía de ser, Sin embargo, todos sabemos que el diablos dispone las cosas de otro modo. Yo soy lector, escritor y profesor, por ese orden.
      El lector que yo soy piensa a veces que la experiencia estética tiene mucho de revelación personal, y que en esa media es intransferible y casi incomunicable. Y pone aquel ejemplo que aducía Tolstoi de un ciego al que intentaban explicarle cómo era el color blanco. Es como la leche, le decía. Entonces, ¿se vierte?, preguntaba el ciego. Bueno, digamos que es como el papel. Luego entonces, ¿cruje? No, digamos que es como la nieve. Entonces, ¿es frío?, inquiría el pobre ciego. No había modo de transmitir aquella experiencia elemental. El profesor que uno es, sin embargo, es menos tajante y piensa que, a pesar de todo, algo se puede hacer:: si no enseñar literatura, sí poner a los alumnos en disposición de dejarse seducir por ella. Los dos, con los años, han ido sucumbiendo a la paradoja de que la literatura se aprende, pero no se enseña.
      Pero luego viene la realidad con sus rebajas. Miren ustedes: un alumno medio de 3º de BUP o de COU lee silabeando y a trompicones, tiene dificultades casi insalvables para entender el editorial de un periódico, escribe con oraciones simples donde apenas aparecen otros verbos que “ser” y “estar”, su bagaje léxico es exiguo, quiere explicar algo y no le alcanzan las palabras. Pero, eso sí, cuando salga a la calle, o cuando llegue a su casa, los hechiceros de la cultura de masas, en complicidad con la mayoría de los ciudadanos, le tendrán preparado el desquite por medio de algún espectáculo con el que hace tiempo que no consigue conectar la cultura escolar. Lo que la escuela enseña, el mal gusto social lo niega y escarnece. De ser el gran consejero áulico, la vieja y noble cultura humanística, y también la literatura, ha pasado a desempeñar funciones de bufón, y a competir desventajosamente con los otros bufones que ha aportado las más ínfima cultura de masas. Como mucho, le queda aún el pálido resplandor de lo que un día fue: es un bufón cuyos chistes plantean todavía enigmas, y cuyo fulgor estético y moral puede llegar a provocar la alta emoción, y la alta amenidad, del arte y del conocimiento. Pero el hombre común de hoy está cansado de enigmas, y en cuanto a la emoción y amenidad estéticas, los otros bufones las proporcionan más baratas, cómodas y bonitas.
      Y, sin embargo, pocas cosas hay tan necesarias hoy como enseñar historia, filosofía o literatura. Porque si ellas no consiguen civilizar a este mono que parece no acostumbrarse a vivir sin el rabo, no sé qué otra cosa podría salvarlo. Particularmente, espero que no sean ni los dioses ni los caudillos.
* Extraído de Invitación a la lectura (1985-1995)

 

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