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EL ACTO DE ESCRIBIR
Ana Mª NAVALES
Ser
una escritora que cultiva varios géneros (poesía, novela, relato),
profesora de literatura y además ejercer la crítica literaria,
multiplica de tal modo la perspectiva a la hora de reflexionar sobre el proceso
de la escritura que, más que iluminar el camino, podría introducirme
en un laberinto de difícil salida si llegaran a mezclarse los distintos
niveles desde los que se puede abarcar el hecho literario.
Cuando se me ha pedido que explique mi obra, una novela, un poema o un cuento,
incluso el por qué y el cómo de su creación, siempre
me he sentido incómoda. Me ha parecido un ejercicio complicado y poco
satisfactorio que obliga a situarse en un plano exterior al de la propia escritura.
Analizar mi personal pasión literaria de un modo raciona, medir la
diferencia entre lo que me propuse hacer y el resultado final, exige revivir
las incidencias de la aventura, los desalientos, el vacío, los momentos
de éxtasis, los obstáculos que, a veces, ni uno mismo sabe cómo
logró vencer.
Todo esto requiere el esfuerzo de un desdoblamiento, verse desde fuera, desnudo
y sin máscara, frente a la cuartilla en blanco. El escritor y sus fantasmas
como dijeran Sábato y Vargas LLosa, facilitándonos el descenso
a la zona oscura de nuestro espíritu, el magma donde conviven lo real
y lo imaginario, de donde emanan los seres que poblarán nuestros mundos
de ficción.
Advierto que, al tratar de explicar mis actitudes ante la creación
literaria, pienso inconscientemente en la narrativa, en la novela, dejando
la poesía como algo todavía más incontrolable, ante lo
que no cabe plantearse trucos, carpintería literaria, aunque el poeta
pueda ser un fingidor, como apuntara Pessoa, en un sentido no siempre bien
interpretado. En el terreno de la lírica, el arrebato, el instinto,
la metafísica, son acaso más evidentes que en cualquier otro
género literario.
Digo esto porque nunca he tenido una poética racional, unos principios
y reglas a los que debían ajustarse mis poemas. Podría hablar
quizá de intentos, de búsquedas, de preocupaciones.
El núcleo generativo del poema surge del deseo de ahondar en mi mundo,
de abarcar todo lo que conforma mi espacio vital, para encontrar mi identidad
y llegar a la integración en los seres y el mundo físico, más
allá de un aparente desarraigo.
Hay también una permanente búsqueda de un lenguaje, de un léxico
innovador, que rompa la incomunicación producida por el desgaste del
valor expresivo de la palabra. La poesía es, a veces, el tema del poema,
en una íntima relación poesía-vida y donde tanto como
la palabra importa la vivencia. Veo la tarea poética como creadora
de una nueva realidad en la que la relación con los otros se establezca
a través de una vía imaginativa.
A pesar de todo esto, no tengo una teoría del poema. Me muevo entre
dudas y vacilaciones en torno al enigma de la poesía, de su oscura
esencia.
Volviendo a la narrativa yo creo que cuando Barthes dice que el "el que
habla en el relato no es el que escribe en la vida y el que escribe, no siempre
es el que es", no está haciendo un ingenioso juego de palabras.
La frase va más allá de la relación entre escritor, autor,
narrador, y encierra una filosofía que estaría dispuesta a suscribir.
Antes de nada diré que yo intento acercarme a la literatura en estado
virginal, que no me preocupan en absoluto las corrientes ni las modas. Que
escribo inevitablemente, por una necesidad visceral, y que en cada libro me
enfrento a un proceso de creación distinto, aunque pueda deducir, con
meditativa paciencia, unas constantes que, sin duda, se repiten en lo que
algunos llaman el oficio de escritor y yo denominaría el arte de escribir,
individual e intransferible siempre.
Flaubert dice: "un libro es para mí una manera de vivir".
Yo ampliaría la frase a algo más que un libro, al hecho de que
escribir es mi manera de vivir. Y estaría de acuerdo con Maurice Blanchot
en que escribir no tiene nada que ver la la literatura, son cosas distintas,
aunque una lleve a la otra y aunque se advierta, en más de un autor,
que se confunde o identifican, que ellos mismos son pura literatura, representada,
a veces con naturalidad, y otras de un modo histriónico.
*Extraido de Invitación a la lectura (1985-1995).
RAZONES
PARA ESCRIBIR
Soledad PUÉRTOLAS
(...)
La pregunta no era: ¿Por qué se escriben novelas? sino: ¿Por
qué existen las novelas?, ¿qué es lo que las hace necesarias,
si es que lo son? Debíamos trascender nuestros estrechos puntos de
vista para pasar al otro lado, el de la objetividad, el de la historia.
Éste es, sin duda, un aspecto muy interesante de la cuestión,
aunque los escritos tendamos a centrar nuestra atención en los otros.
Y la pregunta, de todos modos, estaba mal formulada. Pero supongamos que hubiera
estado correctamente bien formulada, que nos hubiera instado a contestar a
la grave cuestión de: ¿Por qué existen las novelas? No
me siento con fuezas para hacer un resumen de la historia de la literatura,
ni siquiera de realizar una fugaz inmersión en el remoto tiempo del
nacimiento de la épica y del más cercano de los orígenes
de la novela, pero ahí está el hecho: historias que se propagan,
libros que se leen en voz alta, libros escritos esmeradamente a mano, y, finalmente,
libros impresos extendidos por el mundo. ¿Qué es lo que le sitúa
en ese lugar privilegiado, tan cerca del lector?, ¿qué se busca
en ellos?, ¿qué se les pide?, ¿qué papel ocupan?
Por raro que parezca, quien está menos capacitado que nadie para encontrar
una respuesta correcta a estas preguntas es el autor de uno de esos libros.
El hecho de que, al escribirlo, haya trazado la mitad de una curva hacia el
encuentro con otra persona no lo capacita para conocer las razones de la existencia
del punto de encuentro. Existe ese punto de encuentro, y al autor siempre
le parecerá mágico y, hasta cierto punto, casi injustificado,
inmerecido. Si enfocáramos nuestra mirada sobre el otro lado de la
curva, la reacción del lector, nos encontraríamos con respuestas
tan diversas como las del escritor. El punto de encuentro parece más
un nudo corredizo que un lugar prefijado e inmóvil.
No deja de ser curioso, como señalaba en una entrevista el escritor
suizo Dürrenmatt, que la pregunta "¿Por qué escribe
usted?" se haga reiteradamente al escritor y que no se formule la correspondiente
a un pintor o incluso a un músico: "¿Por qué pinta
usted?" o "¿Por qué compone música?".
El lenguaje, las palabras, están claramente cargadas de un mensaje
moral, por eso nos preocupan tanto. Puede que no haya nada que salve del peso
de la moral, pero el lenguaje ha sido el instrumento más revelante
para la interpretación y dominio del mundo. Y de ahí la permanente
intriga: quien escribe una novela está de nuevo interpretando ese mundo,
y concibe, sugiere o persigue, con más o menos ingenuidad, solemnidad
o ironía, una nueva forma de dominio. Por eso, a pesar de todo lo que
se ha escrito y se ha leído, nada es bastante, y la pregunta se hace
una y otra vez. Se sigue diciendo desde las alturas de los organismos e instituciones
culturales que leer es importante, esencial, en nuestra formación.
Tal vez porque aunque las grandes verdades son siempre las mismas y han sido
formuladas desde hace años, las preguntas no pueden cesar y uno siempre
espera un tipo de respuesta en la escritura.
Pero la literatura, en realidad, nunca da respuestas, y si las da, lo hace
de un modo relativo. Plantea las preguntas de siempre de una forma que parece
nueva. Puede, entonces, que se escriba y se lea para no dejar que la pregunta
cese y, al hacerlo, autor y lectores no hagan sino responder a un plan general
que, por encima de la voluntad humana, haya sido trazado en alguna parte desconocida.
Se escribe y se lee como si fuera parte desconocida. Se escribe y se lee como
si fuera parte de destino, como si estuviéramos obligados a construir
un mundo fuera del que tenemos. Hasta cierto punto, nuestras motivaciones
resultan irrelevantes. El ser humano parece estar obligado a inventar otra
historia. En esa otra historia se retrata: en ella quedan expresadas sus ambiciones
y su descontento, y su necesidad de huir y de aventura. A través de
todas las épocas, estas historias eternas, siempre diferentes, llegan
hasta nosotros para conformar la naturaleza de las aspiraciones y dilemas
de los hombres.
(...) Todas las historias que el hombre inventa, con finales felices o desgraciados,
triviales o trascendentes, nos comunican lo mismo: la incertidumbre de nuestra
condición. Herederos de Sherezade, los novelistas nos debatimos en
esa incertidumbre. Esa es, tal vez, la misión de la literatura y la
razón de la existencia de las novelas.
*Extraído
de "Invitación a la lectura (1985-1995)".
(…)
Cuando empiezo a escribir mis novelas (que son, por cierto, bastante breves)
no tengo una idea muy clara de qué es lo que va a ocurrir. No escribo,
como hacen otros compañeros, con un argumento ya planificado y con
unos personajes preconcebidos. Por el contrario me abandono a los sentimientos,
escribo a base, sobre todo, de automatismos psíquicos (esa fue, como
sabéis, una importante característica de los escritores surrealistas)
y son los personajes quienes, a fin de cuentas, van haciéndose a sí
mismos y configurando su propio entorno. En ciento modo, me limito a ser testigo
de unos entes de ficción que, como los de Unamuno, no se resignan a
ser manipulados por el autor y se esfuerzan por encontrar sus propio caminos.
Cuidado, no eludo responsabilidades. Yo estoy en todos y cada uno de mis personajes.
Ellos son, en definitiva, mis emanaciones sentimentales. Lo que sucede es
que afloran al exterior en forma gaseosa y yo no me considero enteramente
responsable de las formas que pueden adoptar, porque esas formas, en última
instancia, dependen de vientos que yo no desencadeno. Reconozco incluso que
en ocasiones el comportamiento de mis “criaturas” puede resultar
muy poco ortodoxo y que algunas de ellas son incluso víctimas de las
llamadas “reacciones en cortocircuito”, que las inscriben por
derecho propio en el censo de los psicópatas.
El resultado final de tanto “desvarío” literario, por lo
tanto, os lo podéis imaginar fácilmente. Cuando pongo punto
final a mis novelas (que en realidad, al carecer de argumento, son, sobre
todo, situaciones dramáticas prolongadas) me encuentro sorprendentemente
con una historia poblada por personajes que se ofrecen al lector, analizados
a través de poderosos cristales de aumento o reflejados en espejos
cóncavos o convexos. Pocas cosas, sin embargo, son completamente novedosas
en el mundo del arte y del pensamiento. Recordad, por ejemplo, los siniestros
personajes de las pinturas negaras de Goya, tan maravillosamente deformados.
Y recordad, también lo que decía Valle Inclán a propósito
de sus esperpentos: “El héroe clásico reflejado en un
espejo cóncavo nos da el esperpento”.
No se trata, sin embargo (eso es, por lo menos, lo que yo desearía)
de una deformación gratuita de la realidad. Lo que sucede es que no
me resigno a ser simple testigo literario de una realidad determinada, es
decir, a ser notario de esa realidad para transcribirla luego fielmente en
unos folios. Pretendo, en suma, ofrecer a mis lectores, a partir de un paisaje
humano hipertrofiado (que no adulterado o falseado) claves de interpretación
y de comprensión que sean más válidas y fiables que las
habituales.
Mi pecado de cualquier forma, no es nuevo. Ni mucho menos. Hace ya bastantes
años, cuando en el quehacer literario de este país prevalecía
el realismo objetivo, el realismo social, o como dicen otros, el socialrealismo,
yo me movía por los cerros de Úbeda de una literatura que aspiraba
a ser algo más que una radiografía social (en algunos casos,
una radiografía al vacío) y pretendía encontrar en el
hombre (no una realidad sociopolítica determinada) sus fuentes de inspiración
más nobles y válidas. Vale la pena decir a este respecto, que
mi primera novela El cazador, fue publicada en el año 1967…
Hoy, al cabo de los años, continúo por mis caminos de siempre.
Algunas veces pienso en aquel baturro del chascarrillo, que avanza montado
sobre su burrito por la vía del ferrocarril, sin importarle un comino
que el tren se acercase raudo a sus espaldas y, desde luego, sin la menos
intención de apartarse de la vía. Yo, que no me aparté
de mi camino en una época en la que se corría ciertamente el
riesgo de morir atropellado, menos voy a apartarme hoy, en tiempos de libertad,
cuando cada cual hace aquello que más le apetece. En mi caso, sin embargo,
no se trata de una cuestión de tozudez, ni de una fidelidad exagerada
a una forma determinada de concebir la literatura. Si permanezco fiel a mis
principios literarios de antaño es porque estoy convencido de que no
he agotado, ni mucho menos, todas las posibilidades de comunicación
que esos principios me ofrecen y porque estoy convencido, también,
de que perseverando en ellos podré proporcionar a todas mis novelas
(y por lo tanto, ofrecer a mis lectores) claves de penetración y comprensión
más fiables y, sobre todo, más sugestivas que las que, a mi
juicio, ofrecen otras formas de hacer literatura. Pero todo eso, poco más
o menos, ya se lo dije antes, así que, para no repetirme, pongamos
ya punto final a mis confidencias…
*Extraído de Invitación a la lectura (1985-1995).
Si las sociedades no se dejan transformar por la literatura, aunque ésta en alguna que otra ocasión pueda haber tenido en las sociedades alguna influencia superficial, si por el contrario es la literatura la que se encuentra acosada por sociedades, como éstas de hoy, que no exigen más que las fáciles variantes de una misma anestesia del espíritu que se llaman frivolidad y brutalidad -¿cómo podremos nosotros, sin olvidar las lecciones del pasado y las insuficiencias de una reflexión dicotómica que se limitaría a hacernos viajar entre la hipótesis, nunca satisfactoriamente verificada, de una literatura agente de transformaciones sociales, y la evidencia de una literatura, esta otra, que no parece ser capaz de hacer más que recoger los destrozos y enterrar las víctimas de las batallas sociales? ¿Cómo podremos, aunque provoquemos la burla de las futilidades mundanas y el escarnio de los señores del mundo, volver a un debate sobre literatura y compromiso, sin que parezca que estamos hablando de restos fósiles?
Espero que en un futuro próximo no falten respuestas a esta pregunta y que cada una de ellas, o todas juntas, pueden hacernos salir de la dolorosa y resignada parálisis de pensamiento y acción en que parecemos complacernos. Por mi parte, me limito a proponer, sin más rodeos, que regresemos rápidamente al Autor, a esa concreta figura de hombre o mujer que está detrás de los libros y sin la cual la literatura no sería nada, no para que nos diga cómo escribió sus grandes o pequeñas obras (lo más probable es que no lo sepa), no para que nos eduque y guíe con sus lecciones (que muchas veces es el primero en no seguir), sino, simplemente, para que nos diga quién es en la sociedad en que estamos él y nosotros, para que se nos muestre todos los días como ciudadano de este presente, aunque, como escritor, crea estar trabajando para el futuro. El problema no está en que, supuestamente, se hayan extinguido las razones y las causas de orden social, ideológico o político que, con resultados estéticos tan variables, cuanto las intenciones, llevaron a lo que se llamó literatura de compromiso, en el sentido moderno de la expresión; el problema está, más crudamente, en que el escritor, por regla general, ha dejado de comprometerse y que muchas de las teorizaciones en que hoy nos dejamos envolver no tienen otra finalidad que constituirse como evasiones intelectuales, modos de ocultar, a nuestro propios ojos, la mala conciencia y el malestar de un grupo de personas –los escritores- que, después de haberse observado a sí mismos, durante mucho tiempo, como luz divina y farol del mundo, añaden ahora, a la oscuridad intrínseca del acto creador, las tinieblas de la renuncia y de la abdicación cívicas.
Después de muerto, el escritor será juzgado según aquello que hizo. Reivindiquemos, en cuanto está vivo, el derecho a juzgarlo también por aquello que es.
Extraído
de Invitación a la lectura (1985-1995)
Arduo trabajo, el de reflexionar sobre el propio trabajo. Arduo, en cuanto
búsqueda de una clarificación que sólo proporciona la
escritura y, de modo análogo, en cuanto ansia de esqueleto teórico.
Si escribir posee un definirse cierto, real, es el de la acción. La
empresa teórica pertenece a otro ámbito intelectual: la crítica.
A la crítica corresponde por ello la misión difícil de
esclarecer, desentrañar o señalar rigurosamente, en un planto
intelectual y hasta erudito, la tarea desarrollada por los denominados artistas.
Por este motivo no ha de juzgarse excusa que, al aludir a mis escritos, evite
internarme en esa área diferenciada, distinta.
(…) Concluido este prefacio de advertencia, sólo se me ocurre
subrayar que mi trabajo literario se halla vinculado al presente. En este
aspecto puede surgir una cierta polémica, gratuita y grotesca desde
mi punto de vista.
Lo corriente consiste en señalar que la literatura se nutre no sólo
de una tradición, sino del pasado en un sentido estricto. Si se tiene
en cuenta semejante criterio, el esfuerzo destinado a comprender y asimilar
las razones que aportan “las señas de identidad” de nuestras
letras a lo largo de varios siglos devendrá un ejercicio sencillo,
simple hasta la náusea. Nuestra literatura, en su mayor parte, llegará
a ofrecernos una línea ético estética muy parecida a
la de las ortodoxias ideológicas. En este punto no sería una
simplificación desorbitada significar que la “ortodoxia”,
hasta nuestros días –lo avala la concesión del Nobel a
Cela ¡en pleno fin de siglo y de milenio!- se conforma y recrea en el
realismo.
A estas alturas, la tentación de sumar a “realismo” la
facilidad de la frase hecha “puro y duro” es tan intensa que considero
preferible la renuncia. En otro sentido, la contraposición entre “pausado”
–la historia, lo histórico, lo ya sucedido…- y “presente”
no ha de interpretarse merced a interpretaciones de orden generacional.
Considero invalidadas las argumentaciones que explican la literatura en función
de antiguas necesidades culturales, propagandísticas o pedagógicas,
en el pasado. Tanto los historiados como los periodistas han probado con sus
obras que la referencia a los hechos ocurridos no se corresponde de hecho
con los anhelos de los autores literarios. La creación literaria no
es mera reproducción de sucesos difundidos o divulgados por los medios.
Es, por el contrario, actividad inútil no productiva. Acaso por ello
se resiste a las definiciones puras, fuera de las metáforas rigurosas
y precisas –siempre testimoniales, pese a su envase objetivo, me temo-
de los autores más dotados.
La mesa viajera de Henry Millar; el diario de toda una existencia –Amiel,
Anaïs Nin, Gide-; el tiempo perdido recobrado de Proust; las propuestas
para los próximos mil años, de Calvino o el fondo de la noche,
de Celine… corroboran en nuestra época –por no mencionar
el absurdo como lenguaje libre, la revolución surrealista, la fealdad
del expresionismo ni la peregrinación hacia la Nada de la conciencia
existencial-, la metáfora que plantea lo literario como enfrentamiento
contra las formas oprimentes de la realidad.
Estos y otros factores configuran esa práctica de lo literario que
considero “escrituras”: lo que escribo. Teniendo en cuenta lo
afirmado más arriba, se me reprocha con frecuencia que mis obras se
desarrollan al margen, cuando no con evidente desprecio, de los cánones
clásicos de tiempo y espacio; que cruzo por los elementos característicos
de géneros literarios en apariencia contradictorios o antitéticos;
que consagro la combinatoria técnica, en perjuicio de fórmulas
“novelescas” y de la argumentación novelística lineal…
Desde “El círculo infinito” (publicado en 1983) rechacé
esquemas consabidos para entregarme a lo que, desde las “Iluminaciones
“ de Walter Benjamín, se llama narración, dado mi escepticismo
respecto a la novela.
Para novelar no sólo el escritor ha de adaptarse a reglas consabidas
y formalistas: ha de convertir lo real en “novelesco”. Algo codificado,
poco creativo. Pero esta es mi opinión. He preferido el presente, lo
que vivo -¡hay tanto rastro de lectura en lo que se escribe en nuestro
tiempo, en lugar de vida, en lugar de lo conocido, sentido, experimentado!-
para volver la espalda a esa historia que han hecho otros y tantos repitieron,
la realidad recalentada. Sería tanto como permitir que otros vieran
por mí... Y en este límite, como en lo imaginario y así
también en la escritura, sólo rige una ley: el rigor en la expresión,
para vivir.
* Extraído de Invitación a la lectura 1985-1995
Bien pudiera parecer paradójico, pero existe una rotunda distancia
entre el “acto de escribir” y la “escritura” –incluso,
como señalara Barthes en uno de sus breves y rotundos Ensayos críticos,
entre el “escritor” y “el que escribe”: pero esto
es otra cuestión…-. Nadie convendría en llamar “escritura”
a la práctica narcotizante de quien abrumado o sorprendido, garabatea
los miedos o alegrías que el mundo alimenta, o teje las páginas
anecdóticas y memorables de un cuidadoso diario.
Pero si pensamos que esas mismas páginas pueden convertirse en “escritura”,
por mor del azar o de cualesquiera otra de las circunstancias que jalonan
la aventura de la literatura, estamos en condiciones de detectar lo que distancia
el “acto de escribir” y la “escritura”: no es otra
circunstancia que la de su circulación social, la de convertirse en
mercancía para uso de extraños. Así, y al menos por lo
que hace referencia a nuestro horizonte histórico y cultural, la dimensión
que hace que el “acto de escribir” transcienda su aparente insignificancia
para convertirse en “escritura” es el hecho de su carácter
social y comunicativo.
Se comprenderá, en consecuencia, que facilitar el reencuentro entre
el escritor y el normalmente mudo destinatario de su “escritura”
representa la teatralización de la naturaleza última de ésta
y la milagrosa realización de un sueño siempre aplazado. De
aquí que la aventura que han significado los actos de “Invitación
a la lectura”, cuyo lema bien hubiera podido ser “Arriba las máscaras”,
me parece un servicio inestimable al escritor –que se dirige siempre
a ciudadanos sin rostro…-, al lector –que hunde sus preguntas
inquietantes en el silencio de la lectura…-, pero, en última
instancia, a la literatura.
*Invitación
a la lectura 1985-1995